por Editorial . Hace 1 año

Miguel Caballero dirige su negocio de protección especial personalizada, aunque el diseño y la confección de la ropa blindada sea la que se robe todas las miradas.

Su empresa fue su tesis de grado en Los Andes. Una compañera de la universidad tenía escoltas y él notó que los guardaespaldas tenían chalecos pero los dejaban tirados en el baúl del carro. A pesar de ser una idea rupturista para la época, basada en un producto absolutamente innovador, la nota de la Tesis fue 3,5 sobre cinco. Seguramente porque la gente no creía en el producto. Una cosa eran los carros blindados y otra muy distinta, que lo blindado fuera la ropa.

Con su idea bajo el brazo y a puro tesón, comenzó su negocio con 10.000 pesos colombianos (unos USD 5000) que se los prestó su mamá, sin saber que era el inicio de un imperio.

Lo que hay que entender es que no había conocimiento acerca del tema, de las normas, ni de los procedimientos de prueba. Así fue que entró a un mercado que en su época era controlado exclusivamente por marcas norteamericanas. Lo primero que tenía que hacer era romper esa barrera donde la gente decía: “Es que el producto sirve si es Made in USA, pero si el producto está hecho en Colombia, no va a funcionar”.

De ahí nace el hecho de dispararle a sus propios empleados para hacer demostraciones en vivo que impactaran en los posibles compradores. Algo que todavía sigue haciendo.

¿Cuál fue el primer empleado que pasó la prueba? No fue un empleado, fue a un compañero de la universidad que hoy en día tiene una blindadora. Se llama John Murphy, todavía vive en Bogotá y lo recuerda como si fuera hoy: “Yo no había prestado el servicio militar ni había cogido un arma en la vida. Cuando la nota la pasaron en televisión, a los cinco minutos me entró la llamada de la mamá de John, para decirme que cómo había podido hacerle eso a su hijo. Evidentemente, al otro día le quedó un hematoma en la barriga como de 15 centímetros de diámetro”.

El segundo disparo no se atrevió a hacerlo hasta que CNN lo llamó. En esa ocasión le disparó a su hermano menor, José Manuel, con un Smith & Wesson. Al dia de hoy le ha disparado a más de doscientas personas a quienes ya no les queda ninguna huella porque se llegó a un sistema de amortiguación ligero, flexible, y discreto.

A Miguel Caballero le tomó diez años inventar el producto y ocho aprender a venderlo. El panel balístico se basa en una tecnología que absorbe el proyectil, uniendo capas de hidrógeno mediante el compuesto de nailon y poliéster. Entonces lo que hace el tejido es absorber y retener la energía. Se cierra automáticamente tan pronto recibe el impacto.

El producto está certificado frente a los gobiernos de Estados Unidos, Chile, Argentina, Francia, Holanda, Venezuela y Colombia, entre otros. Hoy tienen distribuidores en todo el planeta y las tres zonas donde más se venden sus productos son Latinoamérica, Medio Oriente (Dubái, Líbano, Emiratos Arabes Unidos) y la India.

Sus clientes son personas que sienten que tienen algún tipo de riesgo: jefes de Estado, presidentes corporativos o empleados de empresas multinacionales que tienen operaciones en zonas en conflicto.

Su empresa no le vende a particulares porque tiene requisitos de seguridad muy claros, como consultar la Lista Clinton para asegurarse  que esta persona esté dentro de la ley, que no tenga antecedentes. De lo contrario, sería manchar lo que viene haciendo por la marca simplemente por venderle a un delincuente.

Cree que la bala no va a pasar de moda, al contrario, que está evolucionando. En la medida que se hace innovación para la agresión, se hace innovación para la defensa.

Ese es el reto.

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Un editorial de What’s on FiRe no siempre está escrito por el editor. Muchas veces lleva la pluma de una persona destacada que prefiere mantener el anonimato. No estamos hablando del anonimato de aquel que tira la piedra y esconde la mano. Sino de la persona elegante que prefiere escribir por escribir dejando a un lado la vanidad. Así de romántico.

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