El Ipad y las tablets, los vehículos autónomos, la videollamada, los drones. “2001: Odisea del espacio”, “Volver al Futuro”, “Minority Report”. Hollywood siempre se adelantó a los cambios tecnológicos, a las tendencias. Incluso a los movimientos sociales. Decenas de películas o series como “24” presagiaron al presidente de los Estados Unidos negro.

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Hoy el presidente de los Estados Unidos está involucrado en una denuncia por acoso sexual. El argumento no es premonitorio ni original. Pero la realidad superó a la ficción. El acusado dice que no recuerda el incidente y se refugia en el closet. Netflix anuncia el final de House of Cards y planea un spin off sin el protagonista. La Academia de Artes y Ciencias Televisivas retira el Emmy a la trayectoria que pensaba otorgarle a Kevin Spacey. La noticia causa una verdadera conmoción. Bill Clinton tuvo mejor suerte después de someter a una becaria en el Salón Oval.

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Spacey es apenas un eslabón en la cadena de artistas denunciados que todos los días aparecen en los medios. La mecha la inició Ronan Farrow, el periodista que investigó durante meses a Harvey Weinstein. El todopoderoso productor que compraba estrellas y exigía favores, como si fuesen objetos de su propiedad. El informe de Farrow publicado en The New Yorker reunió el testimonio de 13 mujeres agredidas sexualmente por Weinstein. Después se sumaron grandes figuras como Gwyneth Paltrow, Angelina Jolie o Cara Delevingne.

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Para Ronan Farrow, hijo de Mia Farrow y Woody Allen, fue una especie de revancha. Durante años denunció públicamente a su padre pero la industria no parecía tomárselo en serio, a pesar de que el año paso llegó a afirmar que Allen había abusado de su hermana Dylan cuando la niña tenía apenas siete años.

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Woody Allen o Roman Polanski son algunos exponentes de  la horrorosa convivencia entre genialidad y perversión. Seres tan excepcionales como sus comportamientos. Pero las excepciones se transformaron en regla. Como en el cine o la tele aparecieron las sagas, las temporadas. Las víctimas.

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El tamaño de la pantalla no fue una limitación para esta práctica detestable. La televisión instaló a Bill Cosby como el ejemplo del padre de familia. No fue lo que declararon decenas de mujeres a las que el actor drogó, desnudó y violó sistemáticamente.

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La basura que se escondió durante muchos años debajo de la alfombra roja. Como la famosa escena de Último Tango en Paris donde Marlon Brando y el director Bernardo Bertolucci planearon la escena de la violación y no le avisaron nada a la actriz María Schneider de 19 años porque “no querían que actúe la humillación, sino que la sienta de verdad”. Un “experimento” que encima les valió a los creadores la nominaciones al Oscar como Mejor Actor y Mejor Director respectivamente.

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Pero los tiempos cambian. Y Hollywood siempre impone tendencia. Ya no son las impresoras 3D, las pantallas táctiles o los vehículos autónomos. Los adelantos tecnológicos fueron reemplazados por las conductas sociales. Las denuncias contra Harvey Weinstein desataron una reacción en cadena. Incorporaron a otros pesos pesados de la industria como Dustin Hoffman o Steven Seagal, pero rápidamente superó las pantallas y se extendió a escala mundial a todos los ámbitos. La política, el periodismo, la ciencia, la empresa, el deporte. Juniors y seniors. Amateurs y profesionales. Nóveles y consagrados. Ganadores de Oscars y de premios Nobel. Ya nadie está exento, ni siquiera el Presidente de los Estados Unidos. Llámese Underwood, Clinton, o Trump.

Acerca del Autor

Andrés “Pirin” Maino

Andrés Maino (Pirin) . Nació en Rosario, ciudad de grandes artistas y creativos. Por ese motivo tuvo que exiliarse en Buenos Aires. Desde entonces se desempeña como guionista y autor en programas de televisión, documentales y largometrajes. Actualmente es CPF en FiRe de Argentina.

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